jueves, 8 de julio de 2010

LA SORPRESA

LA SORPRESA
Dejo que mi mano, con abandono intencionado, haga girar el globo terráqueo que tengo ante mi. Gira, gira, cada vez con más rapidez, hasta que los contornos de los mares y continentes se desdibujan y se transforman en una alocada mancha. Con un golpe seco y preciso clavo un alfiler en un punto cualquiera. Cesa el frenético giro lentamente va parando, afino el enfoque. ¿Dónde? ¿Dónde?. Localizo el punto, ahora tengo que encontrar la forma de llegar hasta el. Está fuera de las rutas convencionales, este es uno de los retos, el primero a vencer.
Repaso mi ligero equipaje. Por las coordinadas aproximo el clima. Pongo especial esmero en mi cámara , lentes, filtros, fotómetro, rollos – aún los utilizo en ocasiones - ¿ Que color tendrá el paisaje¿ ¿ Y el aire? ¿ en la fotografía también este tiene color. No puedo olvidar ningún accesorio, sería imperdonable. La fotografía es el móvil del viaje, busco algo que me sorprenda, que no me condicione ninguna idea preconcebida, nada previamente imaginado.
Al igual que la lente de mi cámara voy acercándome al punto y este toma cuerpo, ya tiene forma, es un lugar con nombre propio, con contornos, con ruidos, con vida. El nombre es exageradamente largo, de caracteres para mí desconocidos. No son ideogramas ni jeroglíficos, parecen mas notas musicales, de hecho en el ambiente se percibe un envolvente sonido. Todo parece funcionar siguiendo un orden perfecto, matemático y armónico, que me hace pensar en Pitágoras y en su música de las esferas. El trazado urbanístico agrupa las calles en hileras de cinco en cinco y el inicio de cada grupo de cinco lo preside un ornamento de gran tamaño.
Los viandantes parecen ocupar todas las calles, visten invariablemente de negro o de blanco siguiendo algún código establecido pues también caminan solos o agrupados. Pujando por sobresalir una padilla de corcheas y semicorcheas, el día y la noche en una loca y eterna persecución, un frac coronado por dos estáticas urracas, los pinguinos que dormitan en un tablero de ajedrez, un teclado de piano en perpetuo movimiento solitario y del que mana un chorro de petróleo, un ascua de carbón ardiendo. Todo es negro. El aparente caos sigue obedeciendo a un orden , y ahí radica lo caótico de este caos .
Todo es blanco o negro, solo el ascua de carbón deja escapar el rojo de sus entrañas, acaso una pincelada de vida.
La ausencia de color dificulta aún más mi propósito, busco enfoques adecuados para las tomas fotográficas, los extraños pobladores no paran quietos, tengo dificultades, los objetos no toman cuerpo, parecen pintados sobre cristal.
Al final, los rollos se velan pues la música solo se captura con el alma. No obstante, sí consigo algo de mi proyecto inicial: la sorpresa.
.Teresa Delgado

Feb 2010

D. Carlos de Austria

DON CARLOS DE AUSTRIA

Yo Carlos de Austria doy fe de ello. Tres siglos después de mi muerte a manos de mi poderoso y cruel padre Felipe II, emerge con toda la fuerza de la música el DON CARLO de Verdi, y la difusión de mi tragedia alcanza eco mundial.
Recuerdo aquel verano de 1567 en Valsain, con la alegre compañía de mi tío D Juan de Austria de mi primo Alejandro de Farnesio y de la dulce Isabel de Volois , de la que sí estuve enamorado, desde el día en que recibí su hermoso retrato, mostrándomela como mi prometida y que luego, por razones de estado o del corazón, se casó con mi padre, dejando a un lado mi pobre persona, débil, enfermo y deforme a causa de los redoblados parentescos de mi dinastía. Tengo cuatro abuelos, cuatro bisabuelos y cuatro tatarabuelos, fue la mía una concepción contranatural.
Verde me engalanó, me engrandeció, quiso que amara a Isabel y fuera correspondido, destruyó a mi padre, fue la mano ejecutora de mi venganza.
En verdad, cl amor por Isabel, nunca llegó a materializarse, su temprana muerte, añadió pena a mi vida y el idílico escenario del Palacio de Valsain, ardió en llamas pocos años después como el epílogo de una perfecta representación teatral, que al igual que mi pobre existencia tuvo un final trágico.

TERESA DELGADO – Mayo 2010